Práctica 13. Educación en 2050. ChatGPT
| Imagen generada con IA |
Imaginar como sería la educación en 2050 es una tarea complicada, muchos podremos pensar que estará repleta de tecnología e Inteligencia Artificial. De modo que, nos toparemos con un espacio donde no existe la humanidad y la docencia podría haber quedado relegada a los robots. Aunque... estas son las reflexiones que realizabamos en el colegio y la educación sigue siendo uno de los oficios más humanos que existen.
¿Pero, qué diría ChatGPT sobre la educación en un futuro? ¿Cuál sería su resultado si le pedimos que realice una redacción sobre la educación en 2050? ¡Vamos a comprobarlo!
Primero, le hemos introducido en el siguiente prompt: ¡Hola! Escribe un relato sobre cómo será la educación en 2050. Para ello, ponte en el lugar de Amaya, un alumna de primero de la ESO. Debes incidir en las diferencias entre la educación actual y en la que se inserta esta alumna, todo ello en un tono personal y cercano.
Me llamo Amaya y estoy en primero de la ESO. Si alguien de 2026 pudiera verme ahora, creo que pensaría que la escuela se parece poco a lo que conocían… y tendría razón.
Mi día empieza sin prisas por llegar a un aula concreta. No tengo “clase de matemáticas a las 8:15” como les contaban a mis abuelos. En su lugar, entro en el centro educativo —que sigue siendo un edificio, aunque mucho más abierto y lleno de espacios de trabajo— y mi asistente de aprendizaje me saluda en mi pulsera. No es un robot ni una persona: es una inteligencia que me conoce desde hace años, desde primaria. Sabe qué cosas me cuestan, qué temas me motivan y cómo aprendo mejor.
Hoy, por ejemplo, me toca trabajar fracciones… pero no como se hacía antes. Me han contado que en 2026 los alumnos miraban libros, hacían ejercicios repetidos y luego un examen. A mí me cuesta imaginarlo. Yo no “hago ejercicios”: resuelvo un problema real. Esta semana estamos diseñando un sistema de reparto de agua para un barrio en una simulación de ciudad. Si fallo, no me ponen un cero; el sistema me muestra por qué me he equivocado y me propone otro camino para entenderlo.
En clase somos pocos físicamente. A veces estamos en el centro, otras conectados desde casa o desde otros países. Hoy, por ejemplo, trabajé con un chico de México y una chica de Finlandia. Antes eso habría sido impensable para un instituto normal. Ahora es bastante habitual.
Lo que más me sorprende cuando hablo con adultos es lo de los exámenes finales. Nosotros casi no tenemos. Nos evalúan de forma continua, viendo cómo evolucionamos en proyectos, debates, simulaciones o incluso presentaciones en realidad aumentada. En vez de estudiar todo de golpe al final del trimestre, vamos construyendo el aprendizaje poco a poco, como si fuera un videojuego con misiones.
Aun así, no todo es tan distinto como parece. Seguimos teniendo profes. No son sustituidos por máquinas, como algunos pensaban hace años. Pero su papel ha cambiado mucho. Ya no son personas que explican todo desde la pizarra. Ahora son más bien guías: me ayudan cuando me bloqueo, me enseñan a pensar mejor, a contrastar ideas, a no perderme entre tanta información.
También seguimos teniendo momentos de estrés. Aunque la escuela sea más flexible, a veces siento que hay demasiadas cosas pasando a la vez: proyectos, retos, datos, herramientas… y tengo que aprender a organizarme mejor que nunca. Mi tutora siempre dice que la verdadera asignatura de la ESO ahora es aprender a aprender.
Cuando pienso en cómo era la educación antes, me parece muy lineal: todos al mismo ritmo, todos en el mismo sitio, todos haciendo lo mismo. La mía es más personalizada, más conectada… pero también exige más responsabilidad.
A veces me pregunto qué pensarían los alumnos de 2026 si entraran en mi clase. Quizá les parecería un poco caótica. O quizá les gustaría no tener que esperar a que toda la clase entendiera lo mismo para poder avanzar.
Yo, desde luego, no cambiaría mi forma de aprender. Aunque, si soy sincera, me intriga saber cómo era eso de levantar la mano, copiar de la pizarra y esperar a que sonara el timbre para cambiar de asignatura.
Debo reconocer que me ha sorprendido gratamente la cercanía del relato. Aunque, carece de aspectos sustanciales, para mí, como diálogos o descripciones de las clases. De modo que, este ha sido el segundo prompt: Modifica el texto, incluyendo diálogos e incide en cómo son las clases, cuál es el papel de los docentes, que recursos utilizan, qué papel desempeña la Inteligencia Artificial y cómo han cambiado las relaciones personales.
Me llamo Amaya y estoy en primero de la ESO. Hoy, mientras esperaba a que empezara el “bloque de aprendizaje”, he pensado en lo extraño que le resultaría este día a alguien de 2026.
—Amaya, tu ruta de hoy está lista —me dice mi asistente de aprendizaje en la pulsera—. Vas a trabajar pensamiento matemático aplicado y comunicación colaborativa.
—¿Otra vez con eso de “ruta”? —respondo en voz baja, aunque sé que no hace falta hablar en voz alta.
—Sí. Hoy tienes un reto de ciudad sostenible con tu equipo internacional.
Antes, por lo que nos cuentan los docentes, el día estaba dividido en asignaturas rígidas: matemáticas, lengua, ciencias… Ahora todo está organizado en proyectos. No suena a clase tradicional, y de hecho no lo es.
Cuando entro en el aula, no hay filas de mesas. Hay espacios: zonas con pantallas flexibles, mesas circulares, rincones con realidad aumentada y un área tranquila para concentrarse. Algunos compañeros están en el centro físico, otros conectados desde sus casas o desde otros países.
—Buenos días, equipo —dice Marta, nuestra docente guía—. Hoy no os voy a explicar nada. Hoy os voy a observar pensar.
Me río un poco. La primera vez que lo dijo me pareció una broma.
—Profe, entonces… ¿qué hacemos si nos atascamos? —pregunta Leo.
—Buena pregunta —responde ella—. Primero, probad entre vosotros. Luego, consultad a la IA educativa. Y si aún así no avanzáis, me llamáis.
Aquí los docentes ya no “dan clase” como antes. No están todo el rato explicando contenido. Son más como entrenadores o mentores. Te ayudan a organizar ideas, a no rendirte, a aprender a trabajar con otros. A veces incluso te hacen preguntas que te dejan pensando todo el día.
Mientras trabajamos, abro el entorno de simulación. Estamos diseñando un sistema de distribución de agua para una ciudad en expansión. Veo cómo cambian los datos en tiempo real.
-Amaya —dice Kai, que está conectado desde Finlandia—, tus cálculos están haciendo que el barrio del norte se quede sin presión.
—Es que creo que he dividido mal la demanda… —respondo.
En ese momento interviene la IA del proyecto:
—Error detectado. Posible mejora: redistribuir el 12% del flujo desde la zona industrial.
Antes, los profesores decían que copiar de internet era hacer trampas. Ahora la inteligencia artificial no es trampa: es una herramienta obligatoria. Pero no piensa por nosotros.
—No aceptes la solución directamente —me recuerda Marta, que ha escuchado la intervención—. Pregúntale por qué.
—IA, ¿por qué propones ese 12%?
—Porque reduce el riesgo de cortes en un 34% manteniendo el consumo industrial dentro del margen permitido.
—Vale… pero eso afecta al barrio este —digo yo.
—Correcto —responde la IA.
Y ahí está la diferencia con lo que nos cuentan del pasado: no se trata de acertar respuestas, sino de discutirlas, cuestionarlas, entenderlas.
Durante el descanso, salgo al patio. No todos los alumnos están físicamente aquí. Algunos aparecen en forma de avatares holográficos.
—¡Amaya! —me saluda Sofía, cuya imagen parpadea un poco por la conexión—. ¿Has terminado la parte del agua?
—Casi. Pero creo que lo voy a tener que rehacer.
—Qué envidia… aquí en mi centro aún estamos con proyectos separados por asignaturas.
Nos reímos. A veces parece que no todos los centros educativos han evolucionado al mismo ritmo.
Me siento con mi grupo. Hablamos de cosas normales también: música, series, quién ha ganado el reto semanal de creatividad. Las relaciones personales son distintas ahora. No importa tanto estar en el mismo sitio todo el tiempo, pero sí conectar bien con las personas. A veces tengo amigos que nunca he visto en persona.
—Es raro —me dice Leo—. Mi mejor amigo está en otra ciudad… y aún así es como si lo conociera de toda la vida.
—Antes eso era imposible —añade Marta, que se acerca un momento—. Ahora es normal. Pero no olvidéis que la conexión digital no sustituye mirarse a la cara.
Por eso seguimos teniendo momentos presenciales obligatorios. La escuela insiste mucho en eso: la tecnología ayuda, pero no reemplaza el contacto humano.
Al final del día, no hay “examen”. Hay una revisión de progreso.
—Amaya —dice Marta—, hoy has avanzado mucho en modelado matemático. Pero has delegado demasiado en la IA al principio.
—Ya… me he fiado un poco.
—Aprender a dudar de la herramienta también es parte del aprendizaje —me responde.
Cuando salgo del centro, la pulsera se apaga un momento.
—¿Has aprendido algo nuevo hoy? —me pregunta la IA.
Me lo pienso.
—Sí —le digo—. Que no siempre tienes razón.
—Correcto. Ese es un buen indicador de progreso.
Sonrío. En 2026, quizá les habría parecido extraño hablar así con una máquina. A mí, en 2050, lo raro me parecería aprender sin ella.
Aunque, ahora el resultado me convence un poco más, siento que no es un relato coherente y cohesionado, sino que cuenta con distintos partes que conforman la historia. Por ello, le he pedido, con un tercer prompt, lo siguiente: No realices un relato separado por apartados, conviértelo todo en una única historia.
Me llamo Amaya y estoy en primero de la ESO. Cada vez que intento explicar cómo es mi instituto a alguien que ha estudiado “a la antigua”, noto en su cara una mezcla de sorpresa y duda, como si exagerara. Pero para mí es lo normal.
Hoy he llegado al centro y, nada más cruzar la puerta, mi asistente de aprendizaje ha vibrado en la pulsera.
—Amaya, agenda del día activada. Proyecto: gestión sostenible del agua en ciudades en crecimiento.
He suspirado.
—¿Otra vez agua? —he murmurado.
—La complejidad del reto ha aumentado un 18% respecto a ayer —ha respondido la voz suave de la IA.
A veces me hace gracia hablar con ella como si fuera una persona, aunque Marta, nuestra docente guía, siempre insiste en lo mismo.
—No es una persona, Amaya. Es una herramienta —me recuerda cada semana.
Cuando entro en el aula, no hay un silencio rígido ni filas de mesas como me cuentan que había antes. El espacio está dividido en zonas: una con pantallas flexibles para simulaciones, otra con mesas circulares para debate, un rincón tranquilo para concentrarse y otra zona de realidad aumentada donde puedes “ver” los problemas en tres dimensiones. Algunos compañeros están aquí físicamente, otros conectados desde sus casas o incluso desde otros países.
—Buenos días —dice Marta, apoyándose en una mesa—. Hoy no hay explicación inicial. Ya sabéis lo que tenéis que hacer. Yo estaré aquí para acompañaros.
Leo levanta la mano.
—Profe, ¿y si nos equivocamos mucho?
Marta sonríe.
—Entonces estáis aprendiendo más rápido.
Me encanta y me desespera a la vez. Los docentes ahora no “dan clase” como antes. No están todo el rato hablando ni resolviendo todo en la pizarra. Son más como guías, como alguien que te empuja a pensar mejor, a discutir, a no rendirte cuando algo se complica.
Nos sentamos por equipos. Hoy trabajo con Leo, que está en el aula, y con Kai, que se conecta desde Finlandia.
—Amaya —dice Kai en la pantalla—, tu modelo está desequilibrando el barrio norte.
—Es que he intentado priorizar la zona industrial —respondo mientras ajusto variables en la simulación.
En la mesa aparece el mapa de la ciudad. Los ríos de datos se mueven como si fueran agua real.
En ese momento interviene la IA del proyecto.
—Posible solución detectada: redistribución del 12% del flujo hídrico hacia el sector este.
Leo me mira.
—¿La aceptamos?
Marta interviene antes de que responda.
—Preguntadle por qué.
—IA, ¿por qué ese 12%? —pregunto.
—Porque reduce el riesgo de cortes en un 34% y mantiene la producción industrial dentro de límites sostenibles.
Me quedo pensándolo. Antes, según nos cuentan, habría bastado con poner el resultado en un examen y ya está. Ahora no sirve con acertar: tienes que entender, discutir y decidir.
—Pero eso deja al barrio norte con menos margen en picos de consumo —digo.
—Correcto —responde la IA.
—Entonces no es la única solución —concluyo.
—Exacto —dice Marta desde el fondo—. Ninguna lo es.
A veces pienso que la IA es como un compañero más de clase, pero uno muy especial: lo sabe casi todo, pero no decide por nosotros. Nos obliga a justificar cada paso. Si no sabes explicar algo, no lo entiendes de verdad.
En el descanso salgo al patio. No todos los alumnos están aquí físicamente. Sofía aparece en forma de avatar proyectado.
—¡Amaya! —me saluda moviendo la mano—. ¿Cómo va el proyecto?
—Lento —respondo—. Creo que hemos hecho un bucle raro en la simulación.
—Qué suerte —dice ella riéndose—. Aquí aún estamos con proyectos separados por asignaturas. Es aburridísimo.
Nos reímos. Es curioso, porque no todos los centros educativos han cambiado al mismo ritmo. Hay diferencias, como antes.
Me siento con Leo mientras hablamos de cosas normales: música, videojuegos, quién ha ganado el reto creativo semanal.
—Es raro —dice Leo de repente—. Mi mejor amigo está en otro país… pero es como si estuviera aquí.
—Eso es lo que más me cuesta entender del pasado —respondo—. Que todo el mundo tenía que estar en el mismo sitio para aprender juntos.
Las relaciones han cambiado mucho. Tengo amigos que solo conozco por la red educativa, pero siento que los conozco de verdad. A veces incluso mejor que a algunos que veo cada día en persona. Pero Marta insiste en algo importante:
—La tecnología conecta, pero no sustituye el mirarse a los ojos.
Por eso seguimos teniendo momentos presenciales obligatorios. No todo es virtual ni perfecto.
Al final del día no hay examen. Nunca hay un gran examen como antes. Hay una revisión de progreso.
Marta se sienta conmigo.
—Hoy has avanzado mucho en modelado matemático —dice—. Pero has confiado demasiado rápido en la IA al principio.
—Me he dejado llevar —admito.
—Aprender a dudar de las herramientas también es parte del aprendizaje —responde.
Cuando salgo del centro, la pulsera vibra otra vez.
—Evaluación diaria completada. ¿Qué has aprendido hoy?
Me paro un segundo.
—Que no siempre tienes razón —le digo.
—Correcto —responde la IA—. Esa es una conclusión válida.
Sonrío mientras camino. A veces pienso en cómo sería estar en 2026, con libros, exámenes y clases fijas. Pero luego miro mi mundo y entiendo que aquí aprender no es repetir respuestas, sino aprender a pensar con otros… incluso con máquinas que también tienen que aprender de nosotros.
REFLEXIÓN PERSONAL
Debo reconocer que el relato final realizado por ChatGPT me ha sorprendido por varias razones. Primero, no me esperaba que utilizase la perspectiva de una alumna que compara su educación con la actual. Sin embargo, la perspectiva que ha empleado para referirse a la educación y la Inteligencia Artificial me ha resultado aterradora. ¿Cómo van a desaparecer los profesores?
Para mí, la educación es algo humano, donde alumnado y docentes aprenden los unos de los otros. No podría imaginarme ir a clases sin una persona de referencia a la que preguntarle mis dudas e inquietudes. La idea de entrar a un aula y encontrarme con un asistente virtual que organice mi día y me diga "Evaluación diaria completada" me parece desgarrador. No obstante, debo ser realista y sé, casi a ciencia cierta, que esa no es la educación con la que se encontrarán mis hijos, o eso espero.
Además, la narración de Amaya ha contado con otro aspecto que me ha dejado con un sabor agridulce, compañeros de clase virtuales. ¿Quién no ha tenido compis de erasmus? ¿Por qué perder esas iniciativas? Uno de los aspectos más gratificantes que tuvieron mis clases de la carrera fue poder encontrarme con personas de otras nacionalidades y conocer su cultura. Y, para mí, no es lo mismo verlas cara a cara que a través de una pantalla.
En relación con la idea anterior, la protagonista afirma que conoce mucho más a sus amigos virtuales. ¿De verdad es esta la educación que queremos dentro de 24 años? Tanto la educación como las relaciones humanas son vínculos, cercanía, e incluso, frustración. En mi opinión, la educación no es solo transmitir datos o conocimiento, sino construir relaciones y aprender los unos de los otros.
Si bien la Inteligencia Artificial puede ser una gran herramienta de aprendizaje para facilitarnos información o ayudarnos a generar imágenes, su finalidad nunca debería ser sustituir nuestra formación. Por ello, creo firmemente que no podemos permitir que la Inteligencia Artificial domine nuestras aulas porque las estaríamos convirtiendo en nodos de un servidor en lugar de en centros de convivencia.
En mi caso, me gustaría imaginarme la educación en 2050 con centros mejorados, ratios adecuadas, mejores condiciones para los docentes, recursos para la neurodivergencia, climatizaciones en las aulas y una gran inversión en la salud física y mental de todos los integrantes de un centro. Como ya he mencionado, la educación es un acto humano y eso es lo que me gustaría ver magnificado dentro de unos años.
Luego, ¿me siento autora de este relato? No. Tanto la perspectiva como las emociones que ha utilizado ChatGPT para abordar su narración no encajan con mi idea de educación en 2050. Pues, en mi caso, la educación se convertiría en un acto más humano, mucho menos artificial como piensa la IA.




Comentarios
Publicar un comentario